La fotografía de Sandra Venegas, hija de Alejandro debería perseguirnos como país. Un docente, sentado en una camilla, con el cuerpo apagándose y la vocación encendida, corrigiendo notas mientras la muerte le respiraba en la nuca. No pidió tiempo, no pidió privilegios: pidió su laptop. Quería cumplir. Quería cerrar sus calificaciones lo que él había empezado.
Murió a unas cuantas horas después.
Y la pregunta es brutal: ¿quién cuida a quienes nos cuidan?
Ese maestro no solo enseñaba; entregaba su vida, literalmente, por estudiantes que quizá nunca sepan que su último acto fue para ellos.
Esa imagen es una bofetada al egoísmo colectivo, a los gobiernos que recortan educación, a las sociedades que aplauden al final pero nunca acompañan durante la lucha.
Alejandro no es un héroe anónimo: es el retrato de miles.
Maestros que sostienen al mundo mientras el mundo les da la espalda.
Ojalá esta foto no solo nos conmueva.
Ojalá nos cambie.
